El edificio principal, con sus torres y ventanales, tenía el aspecto solemne de un castillo antiguo. Amelia caminaba de la mano de su hijo Leo, un niño de 8 años de mirada despierta y cabello castaño claro. El pequeño observaba todo con asombro. Mamá, ¿seguro que vinimos al lugar correcto?”, susurró con cierta timidez. “Sí, cariño.
Esta dama podría ser nuestra familia. Un mayordomo vestido de negro los recibió en la entrada y los condujo hacia la biblioteca. Allí los esperaba Elena, impecablemente arreglada con un vestido sencillo pero elegante. Su cabello plateado estaba recogido con cuidado y sus ojos verdes irradiaban una calidez inesperada.
Amelia querida, dijo levantándose con los brazos abiertos. Y este debe de ser Leo. El niño asintió tímidamente. Hola murmuró. Hola, campeón. Me han contado que te gustan los ajedreces. Los ojos de Leo se iluminaron. Sí, señora. Pues tengo un tablero precioso, regalo de un gran maestro ruso. Estoy deseando que me muestres tus jugadas.
El niño sonrió y por primera vez se sintió un poco más cómodo. Pero antes, continuó Elena, quiero hablar contigo, Amelia, y mostrarte algo importante. Los invitó a sentarse alrededor de una gran mesa de caoba. Frente a ellos colocó varios álbumes de fotografías. Aquí está tu madre, Isabel”, dijo abriendo el primero. “Tenía 15 años en esta foto.
Amelia contuvo el aliento. La adolescente de la imagen era idéntica a ella misma, con los mismos ojos, la misma expresión delicada. Y aquí, en su baile de graduación. Y esta otra fue en su cumpleaños 18, justo cuando le regalé el medallón Polaris. En todas las fotografías, Isabel sonreía con esa mezcla de dulzura y determinación que ahora Amelia reconocía en sí misma.
Es hermosa susurró Leo acercándose. Se parece mucho a mamá. Sí, cariño, se parecen como dos gotas de agua, respondió Elena acariciándole el cabello. Amilia abrió la caja que había traído consigo. Dentro había algunas fotos antiguas, un cuaderno gastado y un par de documentos. Esto es todo lo que quedó de mi madre.
Elena tomó los papeles con cuidado. Entre ellos estaba el certificado de nacimiento de Isabel. Allí aparecían con claridad los nombres de sus padres, Richard y Elena Bans. La anciana se estremeció al verlo. “Es la prueba que necesitaba”, murmuró con voz quebrada. Luego tomó el cuaderno, un diario personal de tapas desgastadas, lo abrió al azar y leyó unas líneas escritas con letra juvenil.
“Mamá nunca entiende lo que es el amor. Para ella todo se trata de alianzas y conveniencias.” Pero con Daniel, aunque sea pobre, siento que vivo de verdad. Su corazón vale más que cualquier fortuna. Las lágrimas se agolparon en los ojos de Elena. Cerró el diario con delicadeza. ¿Me permitirías leerlo después con calma? Por supuesto. Gracias, Amelia.
Es como si escuchara de nuevo la voz de mi hija. Durante un largo rato conversaron sobre la vida de Isabel después de abandonar la casa. Amelia relató con detalle cómo sus padres habían sobrevivido con lo justo, alquilando un sótano húmedo y trabajando sin descanso. Aunque vivían en la pobreza, siempre se demostraban amor.
Y cuando nació Amelia, todo se volvió más difícil, pero también más pleno. Después de la muerte de papá, mamá cambió. Sonreía menos, trabajaba más. a veces se quedaba mirando el medallón y lloraba en silencio. Nunca quiso buscar a su familia. Decía que ustedes la habían rechazado. Elena se llevó las manos al rostro. Dios mío, no es cierto. Yo jamás renegué de mi hija.
Solo quería protegerla, pero fui tan orgullosa que la perdí. En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe. Un hombre alto, de cabello entrecano y traje impecable, entró con paso firme. Sus ojos grises lanzaban destellos de desconfianza. “¿Qué significa esto, madre?”, preguntó con voz dura.
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