
Las Famosas Torrijas de la Abuela
Preparar la leche infusionada: En una olla, calentá la leche con la ramita de canela, el azúcar y la cáscara de limón o naranja. Cuando rompa el hervor, apagá el fuego y dejá enfriar un poco.
Cortar el pan: Hacé rebanadas de 2 a 3 cm de grosor. Es importante que el pan esté duro para que no se deshaga al absorber la leche.
Remojar el pan: Sumergí las rebanadas en la leche tibia hasta que estén bien empapadas, pero sin que se deshagan.
Pasar por huevo: Batí los huevos y pasá cada rebanada remojada por el huevo batido.
Freír: Calentá abundante aceite y freí las torrijas hasta que estén doradas por ambos lados. Escurrí sobre papel absorbente.
Espolvorear: Mezclá azúcar con canela y espolvoreá sobre las torrijas calientes. También podés bañarlas en almíbar o miel si querés un extra de dulzura.
Variantes y toques personales
Algunas abuelas las mojaban en vino dulce en lugar de leche.
Se pueden servir frías o tibias, acompañadas de crema pastelera, dulce de leche o miel.
Para una versión más ligera, podés hornearlas en vez de freírlas.
Conclusión
Las torrijas de la abuela son más que un postre: son un pedazo de historia familiar servido en un plato. Son ese sabor que nos conecta con nuestras raíces, con los gestos simples y los momentos compartidos. Porque no hay cocina moderna que reemplace el cariño con el que una abuela preparaba sus recetas.